[Libro] Norwegian Wood – Título de la edición en español: Tokio Blues


En pleno surgimiento de los “Podcast” en México y descargándome algunos con muy agradables sorpresas me encontré uno en www.dixo.com del locutor Abel Membrillo que titula “Un japones en el bosque noruego” y en el cual habla de una recomendación de un Libro llamado “Tokio Blues (Norwegian Wood – Título de la pieza de The Beatles), el cual me pareció interesante leerlo por el tema, por que en él se habla de música y parece que suenan canciones de The Beatles, Antonio Carlos Jobim, The Rolling Stones, Debussi, Telonius Monk, Duke Elington, Ray Charles, Carol King, Tonny Bennet, Creedence Clear Water Revival, entre muchos más…

Bueno, la cosa es que lo voy a buscar y lo voy a leer y seguramente ya les vendré a comentar que tal está este libro del cual a continuación les transcribo una sinápsis y un fragmente del mismo para que se interesen, lo busquen, lo compren y lo léan.

Me atrae también sobremanera que el escritor sea un japones llamado Haruki Murakami, ya que el único contacto que he tenido con la cultura japonesa ha sido con libros de desarrollo empresarial y algunos filmes de Akira Kurosawa, veamos que tal, al menos suena bien.

Información tomada de : http://www.tusquets-editores.es/ (ir a búsqueda y buscarlo por el apellido Murakami)

Colección Andanzas
Tokio blues. Norwegian Wood
Murakami, Haruki

México (01/08/2005)
ISBN: 970-699-117-4
392 pág.
$259 Pesos mexicanos

Sinápsis:

Toru Watanabe, un ejecutivo de 37 años, escucha casualmente mientras aterriza en un aeropuerto europeo una vieja canción de los Beatles, y la música le hace retroceder a su juventud, al turbulento Tokio de finales de los sesenta. Toru recuerda, con una mezcla de melancolía y desasosiego, a la inestable y misteriosa Naoko, la novia de su mejor –y único– amigo de la adolescencia, Kizuki. El suicidio de éste les distancia durante un año hasta que se reencuentran en la universidad. Inician allí una relación íntima; sin embargo, la frágil salud mental de Naoko se resiente y la internan en un centro de reposo. Al poco, Toru se enamora de Midori, una joven activa y resuelta. Indeciso, sumido en dudas y temores, experimenta el deslumbramiento y el desengaño allá donde todo parece cobrar sentido: el sexo, el amor y la muerte. La situación, para él, para los tres, se ha vuelto insostenible; ninguno parece capaz de alcanzar el delicado equilibrio entre las esperanzas juveniles y la necesidad de encontrar un lugar en el mundo.

Con un fino sentido del humor, Murakami ha escrito el conmovedor relato de una educación sentimental, pero también de las pérdidas que implica toda maduración. Tokio blues supuso el reconocimiento definitivo del autor en su país, donde se convirtió en un best seller.

Fragmento

1

Yo entonces tenía treinta y siete años y me encontraba a bordo de un Boeing 747. El gigantesco avión había iniciado el descenso atravesando unos espesos nubarrones y ahora se disponía a aterrizar en el aeropuerto de Hamburgo. La fría lluvia de noviembre teñía la tierra de gris y hacía que los mecánicos cubiertos con recios impermeables, las banderas que se erguían sobre los bajos edificios del aeropuerto, las vallas que anunciaban los BMW, todo, se asemejara al fondo de una melancólica pintura de la escuela flamenca. «¡Vaya! ¡Otra vez en Alemania!», pensé….

Tras completarse el aterrizaje, se apagaron las señales de «prohibido fumar» y por los altavoces del techo empezó a sonar una música ambiental. Era una interpretación ramplona de Norwegian Wood de los Beatles. La melodía me conmovió, como siempre. No. En realidad, me turbó; me produjo una emoción mucho más violenta que de costumbre.
Para que no me estallara la cabeza, me encorvé, me cubrí la cara con mis manos y permanecí inmóvil. Al poco se acercó a mí una azafata alemana y me preguntó si me encontraba mal. Le respondí que no, que se trataba de un ligero mareo.
–¿Seguro que está usted bien?
–Sí, gracias –dije.
La azafata me sonrió y se fue. La música cambió a una melodía de Billy Joel. Alcé la cabeza, contemplé las nubes oscuras que cubrían el Mar del Norte, pensé en la infinidad de cosas que había perdido en el curso de mi vida. Pensé en el tiempo perdido, en las personas que habían muerto, en las que me habían abandonado, en los sentimientos que jamás volverían.
Permanecí en aquel prado hasta que el avión se detuvo y los pasajeros se desabrocharon los cinturones y empezaron a sacar sus bolsas y chaquetas de los portaequipajes. Olí la hierba, sentí el viento en la piel, oí el canto de los pájaros. Corría el otoño de 1969, y yo estaba a punto de cumplir veinte años.
Volvió a acercarse la misma azafata de antes, que se sentó a mi lado y me preguntó si me encontraba mejor.
–Estoy bien, gracias. De pronto me he sentido triste. Es sólo eso –dije, y sonreí.
–También a mí me sucede a veces. Le comprendo muy bien –contestó ella. Irguió la cabeza, se levantó del asiento y me regaló una sonrisa resplandeciente–. Le deseo un buen viaje. Auf Wiedersehen!
–Auf Wiedersehen! –repetí.

Incluso ahora, dieciocho años después, recuerdo aquel prado en sus pequeños detalles. Recuerdo el verde profundo y brillante de las laderas de la montaña, donde una lluvia fina y pertinaz barría el polvo acumulado durante el verano. Recuerdo las espigas de susuki[1] balanceándose al compás del viento de octubre, las nubes largas y estrechas coronando las cimas azules, como congeladas, de las montañas. El cielo estaba tan alto que si alguien lo miraba fijamente le dolían los ojos. El viento silbaba en el prado, agitaba suavemente sus cabellos, atravesaba el bosque. Las hojas de las copas de los árboles susurraban y, en la lejanía, se oía ladrar un perro. Era un ladrido tan tenue y apagado que parecía proceder de otro mundo. No se escuchaba nada más. Ningún otro sonido llegaba a nuestros oídos. No nos habíamos cruzado con nadie. La única presencia, dos pájaros rojos que alzaban el vuelo del prado, como espantados por algo, se dirigían volando hacia el bosque. Mientras andábamos, Naoko me hablaba de un pozo.

La memoria es algo extraño. Mientras estuve allí, apenas presté atención al paisaje. No me pareció que tuviera nada de particular y jamás hubiera sospechado que, dieciocho años después, me acordaría de él en sus pequeños detalles. A decir verdad, en aquella época a mí me importaba muy poco el paisaje. Pensaba en mí, pensaba en la hermosa mujer que caminaba a mi lado, pensaba en ella y en mí, y luego volvía a pensar en mí. Estaba en una edad en que, mirara lo que mirase, sintiera lo que sintiese, pensara lo que pensase, al final, como un bumerang, todo volvía al mismo punto de partida: yo. Además, estaba enamorado, y aquel amor me había conducido a una situación extremadamente complicada. No, no estaba en disposición de admirar el paisaje que me rodeaba.

Sin embargo, ahora la primera imagen que se perfila en mi memoria es la de aquel prado. El olor de la hierba, el viento gélido, la cresta de las montañas, el ladrido de un perro. Esto es lo primero que recuerdo. Con tanta nitidez que tengo la impresión de que, si alargara la mano, podría calcarlos, uno tras otro, con la punta del dedo. Pero este paisaje está desierto. No hay nadie. No está Naoko, ni estoy yo. «¿Adónde hemos ido?», pienso. «¿Cómo ha podido ocurrir una cosa así? Todo lo que parecía tener más valor –ella, mi yo de entonces, nuestro mundo–, ¿adónde ha ido a parar todo eso?». Lo cierto es que ya no recuerdo el rostro de Naoko. Conservo un decorado sin personajes.
Aunque, si me tomo el tiempo suficiente, puedo revivir su imagen. Sus manos pequeñas y frías, su pelo liso, tan bonito y agradable al tacto; los lóbulos de sus orejas, suaves y carnosos, y el lunar que tenía debajo; el elegante abrigo de piel de camello que solía llevar en invierno; su costumbre de mirar fijamente a los ojos cuando hacía una pregunta; el ligero temblor que, por una u otra razón, vibraba en su voz (como si estuviera hablando en lo alto de una colina barrida por un fuerte viento). Al sobreponer estas imágenes, su rostro emerge de repente. Primero se dibuja su perfil. Tal vez porque Naoko y yo solíamos andar el uno al lado del otro. Por eso el perfil es lo que primero emerge en mi recuerdo. Después ella se vuelve hacia mí, me sonríe, ladea la cabeza, me habla y me mira fijamente a los ojos. Tal vez esperaba ver en ellos el rastro de un pececillo que cruzaba, veloz como una centella, el fondo de un manantial de aguas cristalinas.
Me lleva tiempo evocar su rostro. Y conforme vayan pasando los años, más tiempo me llevará. Es triste, pero cierto. Al principio era capaz de recordarla en cinco segundos, luego éstos se convirtieron en diez, en treinta segundos, en un minuto. El tiempo fue alargándose paulatinamente, igual que las sombras en el crepúsculo. Y puede que pronto su rostro desaparezca absorbido por las tinieblas de la noche. Sí, es cierto. Mi memoria se está distanciando del lugar donde se hallaba Naoko. De la misma forma que se está distanciando del lugar donde estaba mi yo de entonces. Y sólo el paisaje, aquella imagen del prado en octubre, vuelve una vez tras otra en mi mente igual que la escena simbólica de una película. Aquel paisaje sigue sacudiendo, pertinaz, una parte de mi cabeza. «¡Vamos! ¡Arriba! ¡Aún estoy allí! ¡Arriba! ¡Levántate y comprende! ¿Cuál es la razón de que todavía esté aquí?» No siento dolor. Únicamente el sonido hueco que acompaña cada patada. Pero también este eco se apagará algún día. Como se ha ido borrando, inexorablemente, lo demás. Con todo, a bordo de aquel avión en el aeropuerto de Hamburgo, la sacudida fue más fuerte, más prolongada que de costumbre. «¡Arriba! ¡Comprende!», decía. Por eso ahora estoy escribiendo. Soy del tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito.

¿De qué me estaba hablando ella?

¡Ah, sí! Me hablaba de un pozo. No sé si existía en realidad. O si era alguna imagen o símbolo que sólo existía en su interior. Como tantas otras cosas que, en aquellos días inciertos, entretejía su mente. Sin embargo, después de que Naoko me hablara del pozo, he sido incapaz de imaginarme el prado sin su existencia. La figura de un pozo que jamás he visto con mis propios ojos está grabada a fuego en mi mente como una parte inseparable del paisaje. Puedo describirlo en sus detalles más triviales. Se encuentra en la linde donde termina el prado y empieza el bosque. Es un gran agujero negro de un metro de diámetro que se abre en el suelo, oculto hábilmente entre la hierba. No lo circunda valla alguna, ni tampoco un cercado de piedra de una altura suficiente. Se trata de un simple agujero abierto en el suelo. Aquí y allá, las piedras del reborde, expuestas a la lluvia y al viento, han mudado a un extraño color blancuzco, se han agrietado y han ido desmoronándose. Unas lagartijas verdes se deslizan entre las grietas. Sé que si me asomo y miro hacia dentro, no veré nada. Es muy profundo. No puedo imaginar cuánto. Y está tan oscuro como si en una marmita alguien hubiera cocido todas las negruras de este mundo.
–Es muy, muy profundo –decía Naoko escogiendo cuidadosamente las palabras. Ella hablaba así a veces: muy despacio, buscando los términos adecuados–. Es muy profundo. Pero nadie sabe dónde se encuentra. Claro que está por allí, en algún sitio. Eso es seguro.
Y, con las manos embutidas en los bolsillos de su chaqueta de tweed, se volvió hacia mí y me sonrió como diciendo: «¡Es verdad!».
–Tiene que ser muy peligroso –comenté–. Hay un pozo muy hondo por alguna parte. Pero nadie sabe encontrarlo. Si alguien se cae dentro, está perdido.
–Pues sí, está perdido. ¡Catapún! Y se acabó.
–¿Y eso ocurre?
–Quizás una vez cada dos o tres años. Alguien desaparece de repente, y por más que lo busquen no lo encuentran. Entonces la gente de por aquí dice: «Se habrá caído dentro del pozo».
–¡Vaya! No es una muerte muy agradable que digamos.
–¡Oh, no! Es una muerte horrible –dijo Naoko sacudiéndose con la mano unas briznas de hierba de la chaqueta–. Si te rompes el cuello y te mueres sin más, todavía, pero si resulta que sólo te tuerces el tobillo, o algo parecido, estás perdido. Por más que grites, nadie va a oírte, no hay esperanza alguna de que nadie te encuentre, los ciempiés y las arañas pululan a tu alrededor, el suelo está lleno de huesos de personas que han muerto allá dentro, todo está oscuro, húmedo… Y allá arriba se dibuja un pequeño círculo de luz parecido a la luna en invierno. Y tú vas muriéndote allí, solo.
–Si lo pienso se me ponen los pelos de punta –dije–. Alguien tendría que buscarlo y poner un cercado.
–Pero nadie puede encontrarlo. Así que ten cuidado y no te apartes del camino.
–No temas. No lo haré.
Naoko sacó la mano izquierda del bolsillo y agarró la mía.
–Pero a ti no te pasará nada. Tú no tienes por qué preocuparte. Aunque andaras por aquí de noche con los ojos cerrados, tú jamás te caerías dentro. Seguro. Y a mí, mientras esté contigo, tampoco me pasará nada.
–¿Jamás?
–Jamás.
–¿Y cómo lo sabes?
–Lo sé. –Naoko asió mi mano con fuerza. Luego siguió andando un rato en silencio–. Yo estas cosas las sé muy bien. No sé por qué, pero las siento, y punto. Por ejemplo, ahora que estoy agarrada a ti con fuerza, no tengo miedo. Nada puede hacerme daño.
–Entonces es fácil. Basta con que estés siempre así –dije.
–¿Eso… lo dices en serio?
–Desde luego.
Naoko se detuvo. Yo también. Ella posó sus manos sobre mis hombros y se quedó mirándome fijamente. En el fondo de sus pupilas, un líquido negrísimo y espeso dibujaba una extraña espiral.
Las pupilas permanecieron largo tiempo clavadas en mí. Después se puso de puntillas y acercó su mejilla a la mía. Fue un gesto tan cálido y dulce que mi corazón dejó de latir por un instante.
–Gracias –dijo Naoko.
–De nada –contesté.
–Estoy muy contenta de que me digas eso. –Esbozó una sonrisa triste–. Pero no es posible.
–¿Por qué?
–Porque no puede ser. Porque es horrible. Eso… –empezó a decir, pero enmudeció y siguió andando en silencio.
Comprendí que debía de darle vueltas a algo, así que, sin mediar palabra, empecé a andar a su lado en silencio.
–Porque eso… no es bueno. Ni para ti, ni para mí –prosiguió ella mucho tiempo después.
–¿Y en qué sentido no lo es? –le pregunté en voz baja.
–Eso de que alguien proteja eternamente a alguien… es imposible. Mira. Suponiendo, ¿eh?, suponiendo que te casaras conmigo… Tú trabajarías en alguna empresa, ¿no es así? ¿Quién me protegería mientras tú estuvieses en el trabajo? ¿Y quién me protegería mientras estuvieses de viaje de negocios? ¿Tengo que estar pegada a ti hasta que me muera? ¿Dónde está la igualdad?
A eso no puede llamarse una relación humana, ¿no te parece? Además, cualquier día acabarías hartándote de mí. Te preguntarías: «¿Qué es mi vida? ¿Hacer de niñera de esta mujer?». Yo no quiero eso. No resolvería mis problemas.
–Mis problemas no tienen por qué durar toda la vida. –Posé mi mano en su espalda–. Algún día acabarán. Y cuando todo haya terminado, bastará con que reconsideremos el asunto. Bastará con que pensemos qué debemos hacer a partir de entonces. Y ese día tal vez serás tú quien me ayude a mí. No tenemos por qué vivir haciendo balance. Si tú ahora me necesitas a mí, me utilizas sin más. ¿Por qué eres tan terca? Relájate. Estás tensa y por eso te lo tomas así. Si te relajas, te sentirás más ligera.
–¿Por qué dices eso? –La voz de Naoko sonó muy seca.
Al oírla, comprendí que acababa de pronunciar las palabras equivocadas.
–¿Por qué? –repitió Naoko con la vista clavada en el suelo–. Si te relajas, te sientes más ligero, eso también lo sé yo. No hace ninguna falta que me lo recuerdes. Pero si ahora me relajo me haré pedazos. Desde hace tiempo he sido incapaz de vivir de otra manera, y todavía lo soy. Si bajara la guardia, aunque fuera una sola vez, sería incapaz de recomponerme a mí misma. Me haría pedazos y éstos volarían con un soplo de viento. ¿Cómo puede ser que no lo entiendas? ¿Cómo puedes decir que cuidarás de mí si no comprendes eso?
Enmudecí.
–Me siento mucho más perdida de lo que puedas imaginarte. Perdida entre tinieblas y hielo…
Escucha… ¿Por qué te acostaste conmigo aquel día? ¿Por qué no me dejaste en paz?
Andábamos por un pinar en el más absoluto silencio. En lo alto de una cuesta había esparcidos los caparazones secos de unas cigarras muertas a finales del verano, que crujían bajo nuestros pies. Naoko y yo cruzamos el pinar despacio, con la mirada fija ante nosotros, como quien busca algo.
–Lo siento –dijo Naoko tomándome del el brazo cariñosamente. Sacudió varias veces la cabeza–.
No pretendía herirte. No hagas caso de mis palabras, ¿eh? Lo siento muchísimo. Sólo estaba enfadada conmigo misma.
–Quizás aún no te comprenda –afirmé–. No soy muy inteligente y me cuesta entender las cosas.
Pero, con un poco de tiempo, llegaré a entenderte. Y entonces no habrá nadie en este mundo que te comprenda mejor que yo.
Nos detuvimos un momento y aguzamos el oído en el silencio que nos envolvía. Con la punta del zapato hice rodar los caparazones de las cigarras y unas piñas, contemplé el cielo a través de las ramas de los pinos. Naoko permanecía absorta con las manos en los bolsillos, sin mirar nada en concreto.
–Watanabe, ¿me quieres?
–Claro –respondí.
–¿Puedo pedirte dos favores?
–Incluso tres.
Naoko sacudió la cabeza sonriendo.
–Con dos es suficiente. El primero es que te agradezco que vengas a verme. Estoy muy contenta y me…, me ayuda mucho. Quizá no lo parezca, pero es así.
–Volveré a venir –dije–. ¿Y el otro?
–Que te acuerdes de mí. ¿Te acordarás siempre de que he existido y de que he estado a tu lado?
–Me acordaré siempre.
Ella prosiguió la marcha sin más, en silencio. La luz del otoño se filtraba a través de las copas de los árboles y danzaba sobre los hombros de su chaqueta. Volvió a oírse el ladrido del perro, ahora más cercano. Naoko subió un ligero promontorio parecido a una colina pequeña, salió del pinar y bajó la suave pendiente a paso ligero. Yo la seguía dos o tres pasos detrás de ella.
–Ven. El pozo puede estar por aquí cerca –le advertí a sus espaldas.
Naoko se detuvo, me sonrió y me tomó del brazo. Recorrimos el resto del camino el uno junto al otro.
–¿No me olvidarás jamás? –me preguntó en un susurro.
–Jamás te olvidaré. No podría hacerlo.

Pero lo cierto es que mi memoria se ha ido alejando de aquel prado y son ya muchas las cosas que he olvidado. Al escribir así, resiguiendo mis recuerdos, a menudo me asalta una inseguridad terrible. ¿No estaré olvidando la parte más importante? ¿Acaso no existe en mi cuerpo una especie de limbo de la memoria donde todos los recuerdos cruciales van acumulándose y convirtiéndose en lodo?

Esto es cuanto puedo conseguir por ahora: asir con fuerza dentro de mi pecho unos recuerdos incompletos que ya han palidecido y siguen palideciendo a cada instante que pasa, y escribir estas líneas con la desesperación de un hombre que va chupándose la médula de los huesos. Ésta es la única forma de mantener la promesa que le hice a Naoko.
Tiempo atrás, cuando todavía era joven y mis recuerdos eran mucho más nítidos que ahora, intenté escribir varias veces sobre Naoko. Pero entonces fui incapaz de escribir una sola línea. Era consciente de que una vez brotara la primera frase, las restantes fluirían espontáneamente, pero ésta jamás brotó. Todo era demasiado nítido, y yo nunca supe cómo moldearlo. El mapa más detallado puede no servirnos en algunas ocasiones por esta misma razón. Pero ahora lo sé.
En definitiva –así lo creo–, lo único que puedo verter en este receptáculo imperfecto que es un texto son recuerdos imperfectos, pensamientos imperfectos. Y cuanto más ha ido palideciendo el recuerdo de Naoko, más capaz he sido de comprenderla. Ahora sé por qué me pidió que no la olvidara. Por supuesto, ella intuía que mi memoria iría borrándose algún día. Por eso me lo pidió:
«No me olvides nunca. Recuerda que he existido».
Este pensamiento me llena de una tristeza insoportable. Porque Naoko jamás me amó.
[1] Una especie de gramíneas. (N. de la T.)

~ por juancarlos70 en diciembre 28, 2005.

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